Catedral de Zamora

04-01-2017

 
Catedral de Zamora
 

La Catedral de Zamora es el único edificio religioso que pudimos conocer en nuestra visita a la ciudad hace una semana. En plenas vacaciones de Navidad las iglesias del Románico que se sitúan a lo largo y ancho del centro histórico permanecen cerradas hasta el día 9 de enero en una inusitada decisión del obispado. Algo sorprendente, teniendo en cuenta que se trata del mayor atractivo turístico de la ciudad.

En fin, ante tal situación nos contentamos con la Catedral, y fue mucho, ya que el templo catedralicio es inmenso y ofrece al visitante un exterior hermoso con un bello cimborrio y un interior que se visita con la asistencia de una audioguía que te explica todos los detalles.

Este bello templo románico se terminó de construir en 1174 siendo monarca Alfonso VII. Diversas vicisitudes lo han ido transformando y cambiando su fisonomía; un incendio a finales del siglo XVI o el fatídico terremoto de Lisboa de 1755 fueron algunas de las más destacadas.

Maestros franceses de la región de Périgord trabajaron en ella y por lo menos dos maestros diferentes se ocuparon de los pies y la cabecera respectivamente. 

La entrada se sitúa en una pequeña puerta adyacente a la portada septentrional. Sorprende esta última por su estilo clásico a modo de gran arco de triunfo coronado por un frontón; tras un incendio ocurrido en el antiguo claustro en 1591 hubo que rehacer este último y se añadió el atrio y la portada que hoy reciben al visitante.

Por el claustro, de corte clásico e inspirado en el estilo herreriano se accede al espacio habilitado como museo catedralicio, primera parada de la visita. Es pequeño pero está muy bien surtido de obras de arte, algunas procedentes de parroquias de la diócesis.  Dos tablas de Fernando Gallego de finales del siglo XV o una Virgen con Niño y San Juanito de Bartolomé Ordóñez, del siglo XVI son de las piezas más interesantes. 

Cuando finalmente el visitante accede al interior del templo, se encuentra de frente con un fresco dedicado a San Cristóbal, patrono de los viajeros y caminantes y que, situado en un lugar bien visible en muchos templos, hace que quien lo ve esté protegido por un día de una muerte súbita, según la tradición.

 


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