FAMOSOS POR UN DÍA EN INDONESIA

03-12-2016

Viajando Vivo
 (4/5)
 
FAMOSOS POR UN DÍA EN INDONESIA
 

El colectivo avanzaba a toda velocidad por un angosto y maltrecho camino rodeado de palmeras y verdes llanuras que terminaban en el hermoso mar de Bali. En mi memoria, la sucesión de exuberante vegetación rápidamente se convierte en el interior metálico y oxidado del gigantesco barco transbordador que une las islas de Bali y Java. Mirando por la borda, una aventura quedaba atrás y otra adelante y durante unas horas estuvimos en ese limbo hermoso que el mar regala a sus viajantes. La cotidianidad de la vida social a bordo del barco, en el que éramos los únicos extranjeros, nos daba la idea de que estábamos entrando al fin en una Indonesia más real, más local, mas autentica. No teníamos idea, en ese momento, lo acertado que podíamos llegar a estar. 

El cambio entre la plenamente turística isla de Bali y la menos explotada isla de Java es palpable. Nuestro colectivo avanzaba primero por pueblos y ciudades con mucha población y poca infraestructura, y luego por descuidados caminos de montaña que avanzaban entre un mar de espesa vegetación. Había palmeras hasta donde llegaba la vista y los montes se extendían hasta el horizonte, tanto que costaba recordar que estábamos en una isla.

A través de Couchsurfing habíamos contactado a Ahmed, un muchacho de la ciudad de Jember que había accedido a alojarnos por unos días.

De repente, y sin previo aviso, el colectivero se detuvo en una pequeña aldea escondida en el monte y nos gritó que habíamos llegado a nuestra parada. El hecho de ser los únicos que nos bajábamos era un claro indicador de que algo raro estaba pasando, y no exagero al decir que no llegamos a poner un pie fuera del colectivo antes de que una docena de personas se nos acercaran casi corriendo y a gritos para intentar vendernos taxis, ignorantes del hecho de que no teníamos idea adonde debíamos ir. Pero algo me llamo la atención: parecían emocionados, hasta incrédulos, y por alguna razón no dejaban de sonreír.

Les devolvimos las sonrisas y caminamos hasta la entrada de un negocio, mientras las primeras gotas de lluvia nos empezaban a salpicar. El revuelo no había terminado y enseguida Celeste tuvo que sacarse fotos con los dueños del local donde habíamos tomado refugio mientras esperábamos por Ahmed. Afortunadamente no tardo mucho, y menos de una hora después nos llevó a su casa.


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