La Abadía de Lagrasse

12-02-2017

 
La Abadía de Lagrasse

¿Nos habíamos olvidado del País Cátaro? Pues no… aunque ha sido un parón muy largo después de hablaros de la “ciudad hereje” de Beziers y de las 9 esclusas de Fonserances, nos toca traeros otro de “Les plus beaux villages de France” (“Los pueblos más bellos de Francia”), Lagrasse y su antigua abadía benedictina.

Nos despedimos de Narbona y de sus croissants y salimos hacia Carcassonne, nuestro siguiente cuartel general durante el viaje. Nuestra primera parada fue en Lagrasse, a 45 minutos de Narbona, cuyo nombre proviene del término occitano grassa, que significa fértil.

En un valle enmarcado por colinas cubiertas de vegetación mediterránea encontraremos la ciudad medieval de Lagrasse y su hermoso complejo arquitectónico, atravesados por el río Orbieu.

Pinceladas de Historia

Aunque la zona estaba ya habitada hace más de cinco milenios, desde hace más de mil años la historia de Lagrasse se encuentra ligada a la de su abadía benedictina, una de las más antiguas de Europa. Antiguamente había en el lugar un monasterio que en el s. VIII fue elevado al rango de abadía por Carlomagno, siendo el primer abad y artífice de su ampliación Nebridio de Narbona.

Las riquezas de la abadía aumentaron rápidamente debido a los numerosos donativos y privilegios, manteniendo durante muchos años una disputa sobre la propiedad de unas minas con los Señores occitanos del Castillo de Termes. En el s. XII dominaba extensos territorios con más de cien iglesias y diez monasterios que se extendían desde Albi… ¡¡hasta Zaragoza!!

El manuscrito del s. XIII “La leyenda de Philomena” recoge retazos de antiguas historias de la conquista de Narbona y la fundación del Monasterio de Lagrasse escritas por un cronista de Carlomagno llamado Philomena.

Según este manuscrito, fue el propio Carlomagno el fundador de la Abadía de Lagrasse, y también relata varios milagros, como la decapitación de un abad traidor en el altar de la iglesia pero sin que ninguna gota de sangre profanase el lugar 

El milagro más importante se produjo cuando el Papa realizó los preparativos para consagrar la iglesia. Esa noche mientras dormía, el propio Jesucristo bendijo el agua que había preparado y consagró el lugar. A la mañana siguiente descubrieron que ese agua bendita devolvía la vista a los ciegos, y por ese motivo pusieron una ampolla llena en la columna del altar.


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