La Kadisha, el valle sagrado del Líbano

13-02-2017

 
La Kadisha, el valle sagrado del Líbano

Bsharri.-En una apacible tarde de otoño en el valle de la Kadisha, es fácil olvidar que uno se encuentra menos de 30 kilómetros de la tragedia siria, en el mismo mundo árabe desgarrado por el extremismo islámico. Salpicado por incontables cruces de madera y hornacinas con figuras de la Virgen en su interior, este cañón abrupto compite en iglesias por capita con la mismísima Roma. No en vano, al abrigo de sus escarpadas montañas, prosperó durante siglos la confesión cristiana maronita, embrión identitario de la idea de Líbano, territorio de frontera entre Oriente y Occidente.

Además de esconder en sus entrañas decenas de grutas dedicadas a vírgenes y santos, ermitas e iglesias excavadas en la roca de sus más remotos rincones, los montes de la adusta Kadisha atesoran también la más formidable reserva de cedros de Líbano, símbolo de este diminuto país en peligro de extinción. Su principal pueblo, Bsharri, fue cuna y sepultura de Khalil Gibran, el poeta libanés más célebre a nivel internacional, y por eso, es sede de un interesante museo dedicado a su figura. Belleza natural, historia y cultura se funden en estos parajes sagrados para los maronitas, donde reposan los restos de una veintena de patriarcas. Una excursión ideal para un largo fin de semana, sobre todo para los amantes del trekking.

A modo de calentamiento, la primera jornada consiste en un paseo de un par de horas por la reserva de cedros de Tannurin, que reúne más de 60,000 árboles, algunos de ellos casi milenarios. Sus gruesas ramas nos protegen de un sol todavía abrasador. La existencia de este espacio privilegiado es fruto del renovado interés de la sociedad libanesa por una especie que llegó a inundar las montañas de la región en tiempos bíblicos y que se asocia íntimamente a la identidad del país. Las diversas civilizaciones que han ocupado estas tierras han explotado su excelente madera, hasta casi despoblar sus montes.

En parte, fue con cedros que se construyó el templo de Salomón, así como también las naves de las civilizaciones fenicias y egipcias. Los últimos en aprovecharlos fueron los otomanos, que los utilizaron para construir las vías del tren que unía su capital con la Meca. Para frenar la sangría, un patriarca maronita decretó hace dos siglos la excomunión de aquel que talara uno de estos míticos y majestuosos árboles. Gracias al patrocinio del magnate mexicano Carlos Slim, de origen libanés, en la última década se han plantado más de 40.000 nuevos ejemplares. A través de la asociación “Cedre du Liban” es posible financiar la plantación de un cedro desde cualquier lugar del mundo por 35 dólares. La tarea no es fácil, pues su germinación es laboriosa y es necesario que la nieve los cubra al menos veinte días para que crezcan fuertes.

Por la tarde, ascendemos -en coche, las piernas no dan para tanto- por una serpenteante carretera al pico adyacente al más elevado del Líbano, el Kornet Sauba, de casi 3.000 metros de altitud.


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