ODISEA EN LA GRAN MURALLA CHINA

15-04-2017

Viajando Vivo
 (4/5)
 
ODISEA EN LA GRAN MURALLA CHINA
 

Las piernas me temblaban por el cansancio. Allí donde la Gran Muralla China se fundía en un abrazo ininteligible con la montaña sobre la que reposaba desde hacía milenios, escalábamos con la convicción de que la única forma de terminar lo que habíamos empezado era seguir presionando, seguir avanzando a pesar del miedo que se alojaba en nuestras gargantas y del cansancio que nos quemaba en el cuerpo.

Nuestra gran aventura en la Muralla más maravillosa de todos los tiempos empezó esa cálida mañana primaveral en Pekin, China. Nunca nos hubiésemos imaginado hasta qué punto nos podría a prueba, ni el peligro en el que estábamos por poner nuestras vidas.

Hay varias secciones de la Gran Muralla China en donde se puede acceder a una caminata placida, aunque repleta de turistas, por los tramos reconstruidos de la misma.

Pero la Muralla tiene más de 5000 kilómetros, la gran mayoría de los cuales no están reconstruidos, ni sujetos a control. Esto, y un artículo que leímos en Internet, nos empujó a la búsqueda de una aventura en la Gran Muralla China, una que sin saberlo, nos llevaría hasta el límite de nuestra voluntad y nos pondría cara a cara con nuestros peores temores en más de una ocasión.

Llegamos a la aldea desde la que comenzaría nuestro ascenso sin contratiempos. El clima era inmejorable, y luego de comprar unas frutas en un puesto de la calle, comenzamos sin dilación a avanzar por el camino marcado con cintas rojas atadas a las ramas de los árboles.

Éramos Nina (una malaya que conocimos haciendo Couchsurfing en Pekin), Celeste y yo. Los tres avanzamos a paso tranquilo con el sendero de tierra que discurría entre los árboles y se adentraba en la ladera de la montaña.

Ya desde ahí se veía, en la lejana cima del monte, la Gran Muralla China. Celeste se preguntaba con constancia en voz alta si allí nos dirigíamos y yo, convencido de que era imposible que el camino sea tan largo, le repetía siempre que no.

Gradualmente, el camino se fue tornando más y más inclinado. El suelo de tierra se volvía más traicionero a medida que avanzábamos. Luego de cruzarnos con un grupo de 5 personas yendo en otra dirección al iniciar el trayecto, no volvimos a ver otra alma en la montaña.


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