Qué ver en Puigcerdá

12-07-2017

 
Qué ver en Puigcerdá
 

Otro de los lugares que quería (re)visitar desde hacía ya tiempo, y aprovechando nuestro viaje a Andorra, era Puigcerdà. Habiendo estado allí de adolescente con el instituto, recordaba un lago que me gustó mucho, y por ello no dejé pasar la oportunidad para volver a pasarme por la capital de la Cerdanya.

No sé si a vosotros os sucederá lo mismo, pero a mí los lagos me fascinan. Me fascinan más que el mar, y casi tanto como los ríos. La percepción romántica del lago – romántica en tanto que movimiento cultural – como lugar idílico, a veces misterioso, me seduce muchísimo; me encanta descansar a la orilla de un lago, leyendo un buen libro o simplemente observando la vida pasar.

Si recordáis nuestro paso por Banyoles, veréis como nuestra mayor excusa para visitar esta localidad catalana era su lago, su inmenso lago. Puigcerdà no iba a ser distinto, y es que mis recuerdos eran demasiado bonitos como para dejar pasar una revisión actual del lugar y crear unos nuevos, que no sabía si iban a ser mejores o peores, pero quería que fueran nuevos. Desde Llívia era proceso natural pasar por Puigcerdà, y de regreso a Andorra, si es que no queríamos repetir el camino por el Pas de la Casa, de modo que aprovechamos la coyuntura geográfica y cumplimos mi pequeño deseo viajero.

Puigcerdà es una ciudad pequeña, capital de la Cerdanya – como ya se ha dicho – y que se encuentra en la provincia de Gerona. Con un poco menos de 10.000 habitantes se encuentra a escasos kilómetros de la frontera francesa, y en un entorno natural privilegiado. Cuando estuve la última vez allí lo hice para ir a patinar sobre hielo con mis compañeros de 4º de la ESO. Habíamos organizado un viaje para el mes de marzo y aprovechando la cercanía de Puigcerdà con Massella – que era donde nos alojábamos –, fuimos hasta allí para (intentar) patinar sobre hielo y no hacernos mucho daño dándonos de bruces en la fría superficie helada. Y fuimos a Puigcerdà a patinar porque allí se encuentra el Palacio de Hielo en el complejo del Puigcerdà Centre d’Esports d’Hivern. Aquel día lo pasamos verdaderamente bien, aunque algunos regresaron al hotel con el trasero dolorido – personas entre las cuales tengo la suerte de no encontrarme –, y guardo un grato recuerdo de la experiencia. Pero más allá de esta actividad – casi de riesgo –, una de las cosas que más recordaba era un espacio muy abierto, con montañas nevadas detrás, mucho verde y un lago con casitas al lado. Y también me venían a la mente recuerdos más añejos, de cuando todavía era una niña, en los que me paseaba por el lago en una barca con mis padres y hermano. La mezcolanza de ambas memorias hacía que la curiosidad, aún y siendo el lugar conocido para mí, pesara mucho, así que no había otra opción: debía regresar a Puigcerdà.

 


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