Subida al Preikestolen desde nuestra cabaña en Lysefjord

18-05-2017

Modo Traveller
 (4/5)
 
Subida al Preikestolen desde nuestra cabaña en Lysefjord
 

Hola travellers! Volvemos con el último capítulo de esta mini serie de Noruega. Oslo nos sorprendió muy gratamente pero lo que íbamos a ver a continuación nos dejó completamente sin palabras… Dormimos en una cabaña de madera en un fiordo e hicimos la subida al Preikestolen. ¡Una experiencia única!

Dormir en un fiordo

Volamos hasta Stavanger y allí alquilamos un coche para llegar a nuestra cabaña ubicada en Bersagel, a orillas de un fiordo cerquita de Lysefjord. El fiordo que preside el famoso Preikestolen y su Pulpit Rock.

Cogimos una cabaña de madera de las típicas noruegas. El enclave era absolutamente precioso. Naturaleza, tranquilidad, paz… Verde, mucho verde y las aguas del fiordo bañando la orilla. Allí, habían varias barquitas y no pudimos resistirnos a remar por el fiordo a nuestras anchas.

Debo confesar que me daba un poco de yuyu. Estaba anocheciendo y no se veía nada a través del agua. Estaba completamente oscuro. Remamos una distancia prudencial hasta que encontramos una roca enorme. Rafa escaló descalzo las punzantes rocas y se lanzó al agua. Ese agua que acuchillaba la piel de lo fría que estaba. ¡Menuda locura! Por suerte salió ileso y regresamos sanos y salvos.

Tras el agradable y “tenso” paseo en nuestra barquita, volvimos a la cabaña para preparar la cena. Había sido un día largo y al día siguiente nos tocaba otra aventura: la subida al Preikestolen.

Navegando por Lysefjord

Al día siguiente nos levantamos temprano y fuimos en coche hasta el embarcadero de Lysefjord. A pesar del mal tiempo, fue el paseo en coche más bonito que he visto nunca. Mucho verde, rocas, agua… y ese aire tenebroso que le daba la niebla bajando entre las montañas. 

Subimos al ferry y recorrimos Lysefjord. El fiordo tiene 42 km de longitud y unos 422 metros de profundidad. ¡Ahí es nada! El trayecto dura alrededor de dos horas, pero el paisaje es alucinante. Si no fuera por las escasas casitas de madera de colores que se podían ver en las orillas del fiordo, diría que nadie antes había pisado ese lugar.


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