UN PUEBLO RUSO Y LA HOSPITALIDAD DE CHITA

21-05-2017

Viajando Vivo
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UN PUEBLO RUSO Y LA HOSPITALIDAD DE CHITA
 

Acabábamos de llegar a nuestro primer pueblo ruso, a nuestra primera parada en el largo camino del Tren Transiberiano. Nuestras mentes apenas habían tenido tiempo de acoplarse al brusco cambio en nuestro entorno.

 

Nada era ni parecía lo mismo. Había cambiado el idioma y las letras en los carteles, el carácter de la gente, el clima y hasta la forma de las ciudades y los pueblos. Sólo una variante se mantenía, como a todo lo largo y ancho de éste mundo: la hospitalidad.

 

Conocimos a Matvei, nuestro anfitrión de Couchsurfing, en la entrada de su casa. Venía casi corriendo pero sonriente, y nos abrió enseguida las puertas no sólo de su hogar, sino de su pueblo.

 

Descendiente de una rama étnica de lo que una vez conformo el vasto imperio mongol llamada Buriat, paso su infancia viviendo el estilo de vida nómada de la estepa rusa. El movimiento corría por sus venas.

Chita es un hermoso paraíso escondido en un pequeño valle al este de Rusia. En su reducida extensión se encuentra todo lo que representa a la vida rural del pueblo ruso, desde las tradicionales casas de madera con sus Banya y sus chimeneas escupiendo humo al cielo y los suaves montes tapizados de blancos abedules, hasta los más recientes edificios remanentes de la era soviética.

 

El pueblo, poco más que una parada del Tren Transiberiano en los superficiales mapas del turismo, no recibe muchos extranjeros. Por ésta razón, nos vimos sorpresivamente convertidos por unos días en protagonistas de una vida social a la que no estábamos acostumbrados.

 

5 días de hospitalidad en un pueblo ruso

 

El primer día, después de un largo y divertido desayuno con la energética madre de Matvei (y luego de saciar su curiosidad), fuimos a visitar a su primo, uno de los pocos monjes budistas de éste pueblo ruso.

Estrechamos su mano y nos sentamos frente a su escritorio en su despacho. Inmediatamente sentí que habíamos aterrizado mágicamente en una versión en miniatura de los típicos templos budistas tibetanos que tanto abundan en el norte de India.

 

Las fotos del Dalai Lama y de la ciudad prohibida de Lhasa en el Tibet, las pequeñas ruedas de oración y los banderines con mantras abundaban y decoraban la habitación.

 

El monje se sentó pesadamente en su sillón frente a nosotros, sonrió y con Matvei como intérprete nos hizo algunas preguntas personales, a partir de las cuales después de un breve momento de meditación, dictamino con certeza que debíamos continuar viajando con dirección al oeste. Allí vamos, le dije, y sonrió conforme.

 


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