Quissico (Día 6)

06-10-2015

Gastando suela
 (4/5)
 
Quissico (Día 6)
 

Habrías alargado tu estancia en Vilankulos dos o tres días más, pero eso implicaría renunciar a visitar el Parque Kruger y ya que estás ahí, quieres verlo todo. El despertador suena a las 7:00, te levantas y aún con sueño, te diriges cual zombi hacia la playa. Quieres saborear los últimos instantes en Vilankulos, donde no sabes si volverás alguna vez. Y los saboreas a solas.

Llegas a la playa y no eres el primero. La vida allí comienza al amanecer, y en invierno lo hace muy pronto, a partir de las 6:00 de la mañana las calles empiezan a llenarse ya de vida. En lo que sí que eres el primero (y prácticamente el único) es en sentarte en la playa a hacer nada, parece que todo el mundo allí está porque tiene algo que hacer.

Ves cómo los pescadores acuden a sus barcas de vela hechas de madera, y con tranquilidad se desplazan a la búsqueda de un buen lugar donde pescar. A estas horas de la mañana apenas corre el viento, como si hubiera decidido quedarse un poco más en la playa, así que aunque la vela está completamente despegada necesitan un impulso para poder avanzar. A falta de motor emplean un palo, como los gondoleros en Venecia o los barqueros de l’Albufera (Valencia), y se impulsan apoyándolo en el fondo.

Es curiosa la relación que los pescadores de Vilankulos tienen con el mar. Te cuentan que viven de él y que se pasan el día navegándolo con sus pequeñas embarcaciones. Sin embargo, la gran mayoría no sabe nadar y son hombres muertos si la barca se hunde allá donde no hacen pie. Aprender a nadar no es para ellos una necesidad, es más bien un lujo que no tienen tiempo de permitirse. Y ahora que te fijas te das cuenta que, de toda la gente que hay en la playa ninguna está bañándose en el agua.

La vida en la orilla también es bastante ajetreada, desde que te sientas te das cuenta que no dejan de pasar personas. Niños jugando, mujeres transportando cubos en la cabeza con bebés sujetos a la espalda con una capulana atada estratégicamente… Te impresiona la fuerza y el equilibrio que tienen estas mujeres. A lo largo de todo el recorrido que llevas ya por tierras mozambiqueñas, es algo que no ha dejado de sorprenderte. Has llegado a verlas transportar de todo, desde cubos repletos de fruta a largas cañas de madera de dos o tres metros de largo repartidas entre dos cabeza. Y todavía no has visto a ninguna perder el equilibrio.


Encontrarás este artículo de viajes y otros en:

África, Mozambique, Inhambane, Vilankulos, Zavala, Quissico, Mar, Naturaleza, Coche, Camping

Comentarios